10 de octubre de 2026
Orillas HumanasLa Primera Historia: Casas que Ya No Existen

La Primera Historia: Casas que Ya No Existen
Hay Casas en mi memoria que ya no existen sobre la tierra, pero que han quedado para siempre como fortalezas inquebrantables en nuestro corazón. En algunas de ellas solo fuimos huéspedes fugaces; en otras, vivimos capítulos enteros de nuestra vida. Y todo esto, parece, fue hace muy poco.
Qué extraño…
Hubo, por ejemplo, una maravillosa casa de verano justo junto al mar azul profundo. Baja, típica de su región, anunciaba de inmediato su carácter sureño con el color terracota, intenso y jugoso, de sus paredes. Delante se extendía un césped verde y cuidado, donde crecía un viejo olivo de tronco elegantemente curvado, envuelto en la base por un frondoso anillo de flores moradas.
El espacio interior estaba tejido de sol, confort y calidez familiar. El corazón de la casa era un hermoso salón con chimenea y sofás mullidos de rayas, que se abría con suavidad a través de un arco elegante hacia una cocina y comedor compactos y luminosos. Más allá se extendían los dormitorios: un dormitorio principal amplio y noble, con un antiguo tocador de madera junto a la ventana, una habitación infantil y otra habitación más —muy pequeña— con dos camas estrechas, cubiertas de delicadas colchas florales.
Por fuera, la casa escondía de miradas ajenas un jardín sencillo, pero sorprendentemente recogido, sin flores de colores vivos. Su gran adorno era un espléndido y enorme arbusto de camelia, de hojas densas, brillantes, color esmeralda. El jardín estaba tan bien oculto que, en una noche aterciopelada del sur, se podía nadar sin preocupaciones, completamente desnudos, bajo las estrellas, en la fresca piscina. Era un lugar donde la gente de verdad descansaba. Aquí resonaban las fiestas familiares, se celebraba la Navidad, tintineaban las copas en La Noche Vieja, humeaba la barbacoa y transcurrían largas y tranquilas veladas con una copa de cava helado. El carácter del propio edificio y el carácter de quienes lo habitaban se entrelazaban en una imagen del mundo armoniosa y muy sólida.
Vivimos en aquel paraíso terracota un verano entero y un otoño entero. Fueron unas vacaciones maravillosas, resplandecientes. Recuerdo las bulliciosas fiestas infantiles con piratas con pañuelos en la cabeza, búsquedas de tesoros escondidos, enormes tartas y globos justo en los senderos del jardín. Recuerdo las tranquilas tardes con amigos y buen vino. Y, por supuesto, los enormes sapos del jardín que nuestro hijo menor, con un entusiasmo indescriptible y un cuidado increíble, recogía en su camiseta para llevarlos al césped —a un lugar donde pudieran vivir con total seguridad y absoluta comodidad.
La casa también tenía vecinos… Gente muy agradable. Un hombre al que nunca veíamos, oculto tras la valla, llamaba a menudo, con una voz increíblemente alta, a una tal Marina, explicándole algo con mucha emoción y pasión después de su respuesta tranquila, del todo inaudible para nosotros. Un día, aquella misteriosa Marina llamó a nuestra puerta. Resultó ser toda una dama de sociedad — dulce, refinada e impecablemente arreglada. Marina, con gran cordialidad, nos ofreció una ayuda sencillamente vecinal: «Si alguna vez se os acaba la sal o la Coca-Cola, venid directamente a nosotros». Después de aquel primer encuentro, a veces pasaba con elegancia a tomar un café por la mañana — para hablar del tiempo, de las noticias y del ballet. En cuanto a su hombre ruidoso e invisible, no lo vimos ni una sola vez en todos esos meses.
Ahora, a través del prisma del tiempo que se ha ido sin piedad, una comprende: aquello fue la felicidad verdadera, punzante, absoluta. Un tiempo bendito, cuando los niños todavía eran del todo niños, y lo más importante de la vida aún estaba por llegar. Esa casa quedó para siempre en nuestra memoria como el estándar mismo de el ocio — el descanso verdadero, lleno de una paz profunda.
Pero esa Casa sólida y viva ya no existe.
En su lugar se alza ahora un engendro moderno y sin rostro, que ocupa casi toda la parcela de valla a valla. Puede que, técnicamente, esté equipado con la última tecnología y cumpla a la perfección todas las normas arquitectónicas actuales. Pero no tiene rostro. No tiene carácter — como la mayoría de sus hermanos, sin alma, hechos en serie. Y lo más importante: en él no vive nadie… Se construyó con cinismo, para venderlo, no para una familia viva, con tradiciones, risas infantiles, sapos en una camiseta y una despreocupada vida de verano.
Y aun así, en nuestra memoria y en nuestro corazón, la vieja casa terracota ha perdurado. Sus antiguos dueños supieron compartir generosamente con nosotros su calidez y su paz. Y guardaremos ese recuerdo con cuidado.
Hubo otras casas…





