26 de septiembre de 2026
Secretos de Sellos y TiempoParte 1. Los Códigos Secretos de Lieja: Autógrafos de Tiza, Etiquetas Flamencas y una Coraza de Hollín

Parte 1. Los Códigos Secretos de Lieja: Autógrafos de Tiza, Etiquetas Flamencas y una Coraza de Hollín
Cuando liberamos por completo la caja del reloj Paulissen de 1774 de su mecanismo y de los paneles desmontables, bajo el haz de una linterna de restauración quedó al descubierto un archivo oculto. Un reloj de pie de esta época no es solo un mueble, sino un auténtico diario del tiempo. En las superficies internas, secas, del roble y el nogal centenarios, salieron a la luz marcas dejadas por los maestros del pasado. Estudiarlas se convirtió en un apasionante proceso detectivesco.
Un recordatorio para los lectores: seguimos sin presumir de pericia académica, solo compartimos una experiencia práctica y palpable, técnicas paso a paso y secretos de la ciencia de materiales.
Capítulo 1: La investigación de las inscripciones ocultas a tiza
Con luz rasante aparecieron, en la cara interior del panel trasero, unas inscripciones antiguas trazadas con tiza en bloque, de rasgos muy sueltos. La ortografía barroca específica, los trazos y el desgaste centenario impedían que las palabras se organizaran en frases comprensibles para un lector moderno. Las letras seguían siendo un cifrado misterioso.
Un análisis detallado, realizado junto con Gemini, reveló el sentido profesional de estas marcas:
- Marcas de trabajo de los ensambladores (código de ajuste): un reloj de pie de esta envergadura se fabricaba por partes separadas: la caja, con forma de chimenea, la tallaba un ebanista de la escuela de Lieja, mientras que el «cubo» de latón forjado del mecanismo lo montaba el propio relojero Paulissen. Las marcas de tiza son códigos técnicos de ajuste entre piezas, que indican la longitud del péndulo, la amplitud de oscilación y el número individual de ajuste de un determinado bastidor de roble a los carriles de la caja.
- Un diario de mantenimiento: la tiza en los relojes antiguos es la firma clásica de los relojeros ambulantes y sus aprendices. Cada 20 o 30 años visitaban las casas para limpiar la mecánica y lavar los ejes. Cada una de esas líneas tenues es la fecha registrada de un ajuste del escape de áncora. La tiza sobre el roble seco no se desprende durante siglos, siempre que la madera esté protegida de la humedad.
Una decisión de restauración muy estricta: decidimos dejar estas inscripciones a tiza exactamente como estaban, completamente secas. Aplicar cualquier compuesto líquido o cera natural quedaba descartado: los polímeros podrían difuminar al instante, o volver transparentes, las frágiles partículas de tiza, lo que supondría la pérdida irreversible de estos valiosísimos autógrafos de la historia.
Durante la limpieza total de las cavidades internas de la base, nuestro inspector de calidad de cuatro patas, de siempre, mantuvo una vigilancia atenta del proceso.
Capítulo 2: El enigma de la etiqueta flamenca en la trampilla
El siguiente gran hallazgo fue una etiqueta impresa, parcialmente conservada, con un marco decorativo azul y negro, encontrada en la cara interior de la trampilla lateral desmontable del capuchón.
Con un fuerte aumento macro, la inscripción en tinta ferrogálica se lee como «Horloge… Liège… coté» («Reloj… Lieja… lado»). El análisis de la tipografía del marco y de la textura del papel verjurado reveló que se trata de una etiqueta original de aduana o de transporte de finales del siglo XVIII, o quizá un albarán de un taller de logística.
Como Lieja se encontraba justo en el cruce entre tierras francófonas y germanófonas, las inscripciones sobre la propia madera probablemente estén escritas en flamenco antiguo (un dialecto del neerlandés). Para desvelar de una vez por todas estos textos, tomamos la decisión verdaderamente vecinal de invitar a nuestro vecino flamenco al taller para un análisis lingüístico en vivo de estas abreviaturas barrocas.
Capítulo 3: ¿Por qué el capuchón es negro por dentro? La anatomía del hollín
Al pasar a estudiar el «casco» de madera desmontado del capuchón, nos topamos con una característica anatómica inquietante: por dentro, todas las tablas de nogal negro y roble estaban cubiertas por una capa densa y opaca de un depósito negro como el carbón. No era pintura.
La explicación de ingeniería de Gemini: ¿de dónde salió el hollín negro? El capuchón de un reloj de pie es una cúpula térmica cerrada. En los siglos XVIII y XIX, las casas se calentaban con chimeneas abiertas y se iluminaban con velas de sebo y lámparas de aceite. El aire caliente, cargado de hollín grasiento, humo de chimenea y residuos de combustión, subía sin cesar y se concentraba dentro del casco. Mezclado con los vapores volátiles del aceite de hueso usado para lubricar los engranajes del mecanismo, este hollín formó, a lo largo de 250 años, una costra sólida, ácida e hidrófoba. Precisamente esa costra fue la que organizó el «motín sucio» cuando intentamos aplicar cera fresca por primera vez.
Capítulo 4: El chaleco antibalas de papel del techo del capuchón
Antes de empezar la conservación, el elemento más complicado del techo del capuchón era una extraña masa laminada gris-parda, colocada sobre las tablas resecas. En las fotos de «antes» se aprecia perfectamente cómo este antiguo pergamino se había agrietado, se había abierto por las costuras y literalmente se deshacía en ceniza al simple roce de un dedo.
¿Por qué los antiguos maestros forraban el techo del reloj con capas de papel? La respuesta está en la práctica barroca, dura y pragmática:
- Un amortiguador de polvo: el mecanismo del reloj —su «cerebro» de latón— es extremadamente sensible a la caída de micropartículas. Siempre había, por encima del reloj, un desván o unas vigas de techo, de donde caían polvo de cal, serrín y hollín de chimenea. El papel actuaba como una pantalla-paraguas hermética.
- Compensación de la contracción: la madera maciza de roble del techo del capuchón sufría enormes cambios de temperatura por el calor ascendente. Las tablas inevitablemente se secaban y se contraían. El papel, pegado en varias capas, se estiraba junto con la madera, manteniendo la estructura unida y sin permitir que las corrientes de aire alteraran el movimiento del péndulo.
Al estudiar esta coraza de papel bajo el haz de una linterna ultravioleta, descubrimos la estructura oculta de la cola animal (de hueso) original y la textura de las fibras de trapo. Esto nos convenció definitivamente: la capa antigua no se puede retirar bajo ningún concepto. Precisamente este hallazgo sentó las bases de nuestra operación de conservación más delicada, en la que, con una jeringa de dos centímetros cúbicos y una cuchilla curva Dexter, introdujimos con precisión de joyero una nueva subcapa de papel kraft resistente, justo debajo del pergamino original, conservando el gancho forjado centenario exactamente en su lugar histórico.